ALBERTO CASTRO

Las lágrimas empiezan a caer de repente. Brotan como si salieran de una fuente. Y es como un bálsamo. Son las 11:15 del domingo y Esther llega a la casa del barrio Nazareth de Asunción, junto a su hermano Sergio, para conocer a su abuelo. Su pecho se agita y el momento hace lo suyo, juntando todas las emociones en un abrazo que parece interminable.
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“La verdad que es emocionante conocerlos a ellos, a mi abuelo, a mis tíos y tías. Más a mi abuelo. Nos recibieron con los brazos abiertos, nos trataron de primera, son excelentes personas y hablamos de todo”, cuenta Esther al evocar el gran encuentro.
De golpe se amontonan los recuerdos, surgen las preguntas, a veces los silencios y siempre de la nada brota alguna lágrima. Y la alegría hace temblar el alma en esta rueda diferente del tereré. En la previa del asado del domingo. De un domingo diferente.
“Gracias a ustedes por ayudarme, no se cómo agradecerles. Gracias a Crónica encontré a mi abuelo y a mis tías. Todo mi mundo cambió de golpe”, dice.
Hace unos días se había publicado su historia, donde contaba que nunca conoció a su abuelo. Y el destino hizo que su tía leyera la nota y se emocionara hasta las lágrimas. “Le contó a mi abuelo y dijo que nos espera el domingo. Inmediatamente me escribieron. Tenía ganas de llorar de tanta emoción y felicidad”, apuntó Esther.

“Mi mamá murió cuando nací”
Según las informaciones que manejaban Esther y su hermano, el abuelo era comisario y tendría 78 años. Pero, según supieron, don José Librado Salomón no es policía y cuenta, en realidad, con 71 años. “Ahora sabemos más cómo son las cosas, gracias a que hablamos mucho. Me hicieron muchas preguntas, no sabían que mi mamá falleció hace 23 años. Cuando ella murió yo era ochomesina y estuve un mes en la incubadora. En el parto ella tuvo un derrame cerebral y me sacaron rápido a mí. Mi mamá no me llegó a conocer, murió cuando nací”, contó Esther.

