Esta mujer, y entre copas y porciones de torta, decidió inyectarse el labio superior con toxina botulínica para corregir un diminuto “chichón” que le quedó de cuando se lastimó siendo adolescente.
“Mi amiga estaba entusiasmada con una esteticista, con lo genial que era, y decidí probar”, explicó la mujer, quien terminó el día con unos labios de tamaño descomunal.
La aplicación hecha en la cocina de la casa de su amiga le costó unos 300 dólares, mucho menos de lo que podría haberle costado en el consultorio de un médico.
“La esteticista –quien yo pensé que era una enfermera– no me pidió que firmara ningún consentimiento así que me debería haber sonado una alarma de peligro. Pero al estar en una fiesta con amigas le quité seriedad al tema de inyectarme cosas en la cara”, reconoció la mujer.
El resultado de su decisión temeraria fue evidente a las pocas horas.


