Faltaban instantes para las 10 de la mañana. Bajo una leve llovizna que mojaba las tumbas en el Cementerio de Areguá, un coche fúnebre estacionó frente al portón principal. Segundos después llegó el cortejo. Eran decenas de personas, en su mayoría familiares, que bajaron de un colectivo medio desvencijado (para no decir chatarra), de esos que recorren todo el tiempo las calles de la ciudad de la frutilla. Llegaron en medio de llantos para despedir a un ser querido. La despedida fue rápida. Colocaron el ataúd dentro del panteón y todo terminó con una emotiva oración que uno de los presentes realizó. Al día siguiente, uno de los familiares del fallecido decidió regresar al camposanto aún en medio del dolor que eso le significaba. Pero esa pena se acrecentó aún más cuando el cuidador de cementerio le dio la noticia que el nicho de su familiar fue visitado por el ladrón de cruces de bronce. Allí miró a su alrededor y se percató de un detalle. La mayoría de los nichos cuenta con cruces, pero de madera. “Es la forma que encontraron los familiares de los difuntos para hacerles frente a los delincuentes de los cementerios que roban las cruces de bronce”, contó don Adriano Godoy (67), cuidador del camposanto. “Lastimosamente, el respeto a los muertos no existe. Esto de los ladrones de cruces y lápidas de bronce aumentaron muchísimo. Cruces de bronce ya no tenemos acá, los robos terminaron con eso porque las personas se avivaron. La gente ya no compra de bronce, compra de madera y de plomo. Así como que les hacen frente a estos delincuentes”, agregó. “Yo le digo a la gente que cruces de bronce o aluminio ya no traigan acá”, finalizó.