Pareciera una escena de esas que solo se ven en película, pero lo verdadero es ese aire frío que se siente y te lleva hasta el altar de Ñandejára y el silencio, el único fiel devoto que no abandona, mientras a lo lejos se escucha el cantar de los pajaritos, como si eso fuera coro celestial.


Iglesia vacía. Foto: Nadia Monges


