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No mata la enfermedad sino el soguetismo

Cualquier venta de 10 mil’i ya es salvatore, aseguran los pobladores que sienten el efecto de esta pandemia en el bolsillo.

  • POR ARIAMNE ROA

Villa Florida, la ciudad que alguna vez fue la preferida por los turistas, quienes le daban vida, hoy se convirtió en un pueblo fantasma. La mayoría vive encerrada, sumida en la pobreza, no hay negocio que funcione, ya nadie compra nada ndaje.

“Los pobladores de aquí se dedican a la pesca y los trabajos en la olería, pero ahora hasta la naturaleza se ensañó con nosotros, el río está cada vez más bajo y ni pescado ya nos puede dar”, expresó con tristeza y preocupación don Heriberto Paredes, quien tiene una despensa bien surtida en el centro mismo. Sin embargo, como no vende nada, ya que los lugareños tampoco tienen ingresos, tuvo que ponerse a vender remedios yuyos para el tereré al costado de la ruta. “Salvamos algo, hay veces que vendemos por 10 mil guaraníes, otro un poquito más, aquí no es el virus el que nos va a matar sino la pobreza en la que nos está sumergiendo esta pandemia”, lamentó.

Al igual que Heriberto, el rollo se encuentra en la misma situación, ya que con las restricciones nadie puede disfrutar del paisaje de la hermosa ciudad.

“Ahora que se prohíbe todo, nos perjudicó muchísimo que no vengan turistas, gracias a ellos nosotros teníamos una muy buena entrada de dinero, vendíamos gallinas caseras, huevos y pescados los fines de semana, la ciudad tenía vida en las playas, por lo menos hielo y remedio para tereré se podían vender, a todos nos perjudicó este enemigo invisible”, cuenta doña Selva, otra pobladora.

La necesidad puede más que el miedo

Esta semana fue la más triste de todas, muchos ni la chipa pudieron hacer, el ingreso que tenían era gracias a los turistas y este año ni una mosca llegó. “En verdad tenemos miedo de este virus, pero también necesitamos trabajar, acá no hay nada para hacer, si uno no es pescador u olero”, he’i Alberto.

Contó que perdieron muchos amigos por estar aislados, ni los hijos ya visitan a sus padres, porque ellos trabajan en Asunción y para evitar contagios prefieren hablar solo por teléfono. “Tengo una pequeña granjita y de eso nos mantenemos, gracias a Dios nos ayudamos entre todos, somos solidarios entre todos y como podemos nos damos la mano”, contó Tranquilino, de 65 años.

Desde medio kilo venden sus pirakuéra para salvar la sitú

Doña Irene muestra su dorado de casi 11 kilos, quiere vender por lo menos por pedacitos.

“Este año fue el peor de todos, solo deudas acumulamos, tenemos una pescadería, pero no hay ventas, todo el producto que tengo ya se quedó como un clavo, hice préstamos para comprar y la cuenta no me va a esperar”, dijo Aida, dueña de la pescadería “San Francisco”.

Señaló que antes se pegaban el lujo de vender los pescados enteros, ahora desde medio kilo ya dan el surubí, porque no hay venta y para colmo no hay pescado, porque el río está cada vez más bajo. “No solo este virus nos perjudica, hasta la naturaleza parece que se enojó con nosotros. Tuve que dar fiados mis productos al dueño de un parador, para que no se pudra todo, no sé cuándo voy a cobrar, es triste nuestra situación”, se lamentó.

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