Después de una campaña solidaria tipo maratón, donde cada aporte valió oro, se lograron reunir materiales de construcción gracias a corazones generosos de la comunidad.
Y apenas pasaron las fiestas, manos unidas comenzaron a levantar una nueva casa, ladrillo por ladrillo.
No hubo distinciones ni excusas, hubo tereré compartido, esfuerzo colectivo y sonrisas sinceras. La jornada estuvo cargada de humanidad, compromiso y amor al prójimo, demostrando que cuando un pueblo se organiza, nadie queda solo. Un ejemplo que emociona y merece ser replicado en cada rincón del país.

