“Me compré hace muchos años una hamaca con la ilusión de compartirla con mi pareja de vida. Colgarla algún día en el patio de nuestra casa y descansar los dos en ella, abrazada a su pecho bajo la sombra de los árboles”, empezó relatando Pabla Thomen, quien tiene alma de escritora.
“Vivía en un departamento en aquel entonces y sin ningún proyecto de formar un hogar”, recordó. Entonces guardó su hamaca en una bolsa de basura, pero con la ilusión siempre viva de que algún día la usaría para el fin que imaginó. “Era una hamaca hecha con amor y la compré con amor, por tanto era amor lo que debía cargar y mecer”, dijo .
De Asunción se fue a Chile. “Después de 5 años, apareció el patio indicado que la acompañaba en belleza y esplendor. Por fin me acosté en ella mirando el cielo azul del país que elegí como nuevo hogar, Chile, pero lo hice sola. Mi marido, desconfiado de que no pudiera soportar nuestros pesos, no se animó a subir. Mi ilusión de aquel momento idealizado se desvaneció con un enojo”, contó. Nuevamente guardó su hamaca, sin poder cumplir con su misión de hamacar con amor.

“La volví a guardar celosamente en otro rincón de la casa hasta que cumplió 10 años. Decidí lucirla ahora en setiembre, colgándola de unos postes dispuestos solo para ella... Definitivamente, era el momento perfecto, el que mi hamaca esperó una década. Por fin cumplía su misión. Y lo hacía con tanta delicadeza como si fueran plumas las que tenía en su interior, pero era al verdadero e incondicional amor a quien tenía hamacando. Y ahí estaba yo abrazando a mi pequeña y bella hija. Riéndonos por todo y por nada. Era el amor que mi alma buscó por tantos años”, escribió la hermosa concepcionera.

