“Desde aquella vez me sentí protegido y nunca tuve miedo de nada. En noviembre contraje el virus y estuve mal, pero nunca sentí temor porque sabía que iba a salir de esa porque mi angelito me protege”, comentó a Crónica.
Era enero de 1976, Don Gregorio –a sus 24 años– pasó de la felicidad al llanto. Su primer hijo falleció horas después de haber nacido por un problema de salud. “Fue muy duro para mí ese momento, pero sabíamos que tendríamos que superar ese dolor porque él se fue al cielo, se volvió un angelito”, contó el karai, quien vive en Cordillera.
Al día siguiente, en medio del velorio, su mamá le recomendó que tome a su bebé como kurundu, que quiere decir amuleto, siguiendo una vieja costumbre cultural que se realizaba sobre todo en el interior del país.
“Me dijo que tome parte del dedo meñique de mi hijo y que me incruste en alguna parte del cuerpo. Y lo hice: tomé un pedazo chiquito, muy chiquito”, confesó. Esa costumbre rara es conocida como "mitãmi omanóva kuã’i". La creencia es que supuestamente así el angelito protege a la persona contra todo mba’e vai.
Y en el 2020, en el momento en que sanó del Covid-19, don Gregorio no pudo ir a Caacupé, junto a la Virgen, porque se encontraba aún de reposo, recuperándose poco a poco de las secuelas del virus karacha.
En diciembre del 2021 le surgió un trabajo y tampoco pudo ir. Pero este año, lo hará porque siente que debe ir a dar gracias y, de paso, recibir la bendición.
“Muchos a lo mejor no creen, pero me gustaría que bendigan mi kurundu, o por lo menos yo recibir la bendición. Soy devoto de la Virgen y entre el 6 o 7 iré a visitarla junto con mi familia”, remarcó.
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