Tras analizar el terreno en cuestión y obtener información brindada por la tecnología, un grupo de científicos de la Universidad de Southampton, Inglaterra, determinaron que las variaciones que se producen en el lugar no tienen nada que ver con alienígenas, criaturas monstruosas ni civilizaciones ocultas, sino más bien se dan por cuestiones naturales muy particulares que se registran en esa zona.
Principalmente, apuntan a condiciones extremas que se generan con las tormentas que se registran en ese lugar, donde “chocan” tres importantes focos que se dividen entre las que llegan desde el Norte y las que se general más al Sur, en la parte más tropical del Atlántico.
Cuando las mismas se potencian entre sí, generan fuertes vientos que producen oleajes que llegan, incluso, a los 30 metros de altura. Para tener una idea, olas de 15 metros son capaces de hundir embarcaciones de gran porte en no más de 3 minutos.
Como con las fuertes corrientes de vientos que se forman se hace imposible que un avión pueda pasarlas, lo más probables es que caen al mar enfurecido y solo en segundos queden por debajo de la superficie. Al final, esa inocente canción de medio siglo atrás que decía “las olas y el viento… sucundún sucundún” parecerían haber revelado el misterio sin que nadie se diera cuenta.
En síntesis, las condiciones climáticas en el aire que se reflejan luego en la superficie del mar hacen que el lugar sea impenetrable para embarcaciones o aviones, que con suma facilidad pueden quedar hundidos.
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