El fulano ni no dudó en escribir por el lomo de su rapicha y al toque se lo detuvo. Se hicieron una serie de investigaciones y la historia tuvo un giro total con un final insólito, gracias a la acción de aquellos que en todo momento defendieron la inocencia del acusado.
Haciendo un recuento del paso a paso que se fue dando a lo largo del camino, se dieron cuenta que el único punto en el que pararon fue en una estación de servicios. Fueron al lugar y pidieron hablar con la encargada. Le comentaron de la situación y esta corroboró que, efectivamente, pararon en ese lugar y que, al momento de pagar, el fulano ¡se olvidó su billetera!
La misma fue devuelta, pero ahí surgió otro pa’a: la cantidad denunciada como robada no coincidía con la que estaba dentro. ¿Iban a acusar ahora a la honesta trabajadora? Nada que ver. Al fulano no le quedó de otra que admitir que, cuando hizo la denuncia, puso el monto con el que entró al casino y que la diferencia es la que perdió en los juegos.
El acusado injustamente fue liberado y hasta dejó picando la posibilidad de denunciar al denunciante por falsa denuncia y los malos ratos que vivió. De hecho, el Ministerio Público podría tomar acciones.

