Uno de esos casos es el de una abuela de 82 años, quien toda su vida se entregó al trabajo, a los demás, al cariño sin condiciones. Ella no tuvo hijos, pero el amor maternal le salía del alma. Malcrió a sus sobrinos, los vio crecer, los ayudó a encontrar su camino. Hoy, el eco de aquellas risas de niños es apenas un recuerdo en su memoria. Vive en un hogar de ancianos, acompañada por una cuidadora que la cuida con ternura, como si fuera su propia madre.
Enferma, cansada, las visitas que recibe en esa fría sala de urgencias va contando con los dedos de una mano. Los demás, los que un día recibieron regalos, abrigo y cariño, desaparecieron sin mirar atrás.
Hasta el más duro se derrumba
“Casos así abundan”, cuenta una de las licenciadas de la sala de urgencias del IPS, quien pidió no ser nombrada por cuestiones de protocolo. Y mientras habla, su voz se quiebra, porque sabe que detrás de cada carita arrugada hay un corazón herido por el abandono, “somos profesionales, pero también humanos y acá se ve de todo, hasta el más duro se derrumba” comentó la Lic.
Otro hombre yace en una camilla cercana. Tiene una enfermedad grave, pero su dolor más grande no está en el cuerpo, sino en el alma. Lo trajeron de urgencias… y lo dejaron ahí. Solo, sin una mano que le acaricie la frente, sin una voz que le diga “estoy contigo”. Son historias que duelen, que golpean el pecho y hacen pensar.
Cuando el amor se paga con indiferencia
Otro de los casos que parten el alma es el maltrato. Duele pensarlo, duele escribirlo, pero es una verdad que golpea fuerte, muchos ancianos, aquellos que alguna vez renunciaron a sus propios sueños por criar a sus hijos, hoy reciben a cambio gritos, impaciencia y desprecio.
Fueron ellos quienes pasaron noches en vela, quienes callaron sus propias lágrimas para que sus pequeños pudieran dormir tranquilos. Ellos que trabajaron bajo el sol, que se privaron de ropa nueva o de un plato de comida para que sus pequeños pudieran tener la pancita llena, esos que muchas veces dijeron comé vos, yo ya estoy llena. Esos que solo necesitan un poco de ternura, hoy reciben estirones, malos tratos, palabras duras que hieren más que cualquier golpe, “que hincha que sos, qué lo que querés ya otra vez, te haces nomas, así les tratan sus propios hijos” he’i la enfermera.
“En la sala de urgencias, el personal de blanco se convierte muchas veces en el único refugio, a veces nos toca intervenir cuando vemos que el familiar no le tiene paciencia al enfermo, hacemos curaciones no solo en el cuerpo, sino también el alma herida” contó.
“Nadie merece terminar sus días sintiendo miedo, todos merecen, al final, ser amados como ellos amaron” finalizó la profesional.

