Un día, mientras hacían una changuita, llegaron a la casa del profesor Crescencio García. Y ahí mismo el profe quedó tocado por los mitãrusukuéra, por lo responsables que se mostraron los niños, además de las ganas enormes que demostraban para salir adelante.
El profe, con el corazón en la mano, contó en redes que los chicos necesitaban bicicletas para ir a la escuela, porque caminaban kilómetros y kilómetros voi todos los días.
Y fue así, que la historia viajó lejos y se llegó incluso al continente europeo, específicamente a España, de donde, por parte de gente desconocida aparecieron las dos bicicletas, que ahora están listas para rodar cumpliendo así el sueño de los dos mitã’i.

