“Tengo 60 años. Fui chofer, jardinero, de todo un poco. La vida nunca me regaló nada, todo lo gané trabajando”, contó. Hoy, su mayor miedo no es el cansancio, es no poder pagar el alquiler y quedarse en la calle. “A esta edad, el qué va a pasar mañana pesa más fuerte, ya pensamos diferente, no quiero que me pase lo que le pasó a mi, irme de este mundo sin tener una casa prpía”, dijo.
Desde las 3 hasta las 9 de la mañana, su misión es simple y grande a la vez: que la gente desayune bien y se vaya con la panza llena.
“Muchos, con su mbejú y un cuarto de cocido, aguantan hasta el mediodía” omombe’u. El combo purete cuesta 8.000 guaraníes, un desayuno bien paraguayo, bien nuestro.
“Hay días que falta todo. Otros, que sobra y se pierde”, he’i. Pero él vuelve igual al día siguiente. Confía en Dios, sí pero también lucha. Porque la fe sin trabajo no alcanza.
A unos 50 metros antes del viaducto, yendo de San Lorenzo hacia Asunción, lo vas a ver. Una sombrilla de playa lo identifica. No hay cartel grande, no hace falta. Ahí está Alberto, con su brasero y su esperanza.
Su sueño es uno solo, tener una casa propia. No quiere irse de este mundo pagando alquiler. Hoy pide orientación para acceder a las casas del gobierno, porque llegar a la tercera edad también debería ser llegar con un poco de tranquilidad.
Para él, un mbejú no es solo comida, es la esperanza de alguna vez tener su propia casa y un sueño por el cual lucha todos los días.

