En lugar de los festejos tradicionales, juntaron alimentos y los llevaron hasta el refugio “Los Pikilines”, donde decenas de animalitos rescatados esperan una segunda oportunidad.
No solo entregaron las donaciones: Se quedaron, acariciaron, jugaron, escucharon historias de rescate y compartieron tiempo con los voluntarios que día a día luchan por esos peluditos.
Su último primer día de clases no tuvo espuma ni música fuerte, pero tuvo algo mucho más grande, empatía con los que no tienen voz
Demostraron que celebrar también puede ser ayudar y que todavía hay chicos que eligen dejar huellas.

