Llegaron a su boda a caballo honrando la tradición de antaño

No hizo falta un Ferrari ni un auto antiguo descapotable de colección para llamar la atención. Johana y Alberto eligieron algo mucho más profundo, llegar a su boda montados en elegantes caballos, devolviéndole vida a aquellas tradiciones que varias décadas atrás eran parte del paisaje cotidiano.

| Por Ariamne Roa

Frente a la iglesia Nuestra Señora de Loreto, en el departamento de Concepción, la escena conmovió a muchos. No era solo una boda, era un viaje en el tiempo, un homenaje al campo, a las raíces y a la identidad.

“Fue mi boda soñada, crecimos entre caballos, somos jineteros, no tenía ningún interés en llegar en ningún auto de lujo”, expresó Johana, estudiante de Medicina, quien comparte con Alberto, su esposo veterinario, la pasión por los animales.

La ceremonia, realizada a plena luz del día, había sido cuidadosamente planeada. Pero la emoción estuvo marcada por una ausencia reciente.

“El casamiento se realizó en pleno día, el sábado, habíamos planeado todo meses atrás, le había pedido su aprobación a mi papá para llegar a la iglesia a caballo, a él le encantó la idea, lastimosamente solo me pudo acompañar una imágen de él, ya que falleció hace 22 días”, contó la novia, con un nudo en la garganta.

Pese a tener la posibilidad de realizar una celebración lujosa, la pareja optó por algo que los represente de verdad, una fiesta a lo ymaite, sencilla, auténtica y cargada de significado.

“Nos divertimos muchísimo, fue un casamiento a lo ymaite, nada de lujos, aunque teníamos la posibilidad de hacerlo, fue a lo arriero porte una mesa larga, música de bandita y compartimos todos juntos”, relató.

Cada detalle tuvo un sentido especial, especialmente el homenaje a su padre.

“Fue en honor a mi papá, él amaba la jineteada, nada de vestirse como pingüinos, se trataba de divertirse, de compartir nuestra felicidad y así lo hicimos, la fiesta fue una gran jineteada en donde participaron 30 jinetes con sus caballos”, he’i.

La celebración fue tan auténtica como emotiva, sin protocolos ni formalidades.

“Sin mucho glamour, pero felices, extendimos las mesas, en donde se sirvió asado a la estaca, mandioca y sopa y todo era autoservice, el que quería comer con la mano lo hacía, fue una verdadera fiesta para nuestros 200 invitados y se faenaron dos vacunos”, contó.

“Si me preguntan, volvería a elegir mil veces la fiesta que hicimos que una en esos en salones lujosos. Compartiendo lo que realmente nos identifica somos más felices”, finalizó.

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