POR ARIAMNE ROA
Una llamada inesperada terminó convirtiéndose en uno de los momentos más emotivos en la vida de un hombre de Ypané. Su madre, una señora de 88 años que vive en el barrio San Pablo de Asunción, le pidió que fuera a verla de manera urgente, sin darle mayores explicaciones. Él pensó lo peor.
“Me asusté. Pensé que le había pasado algo. Tuve que dejar mi trabajo para ir a ver a mi mamá, porque últimamente estaba un poco enfermita”, contó a Crónica Alberto Montiel, hoy con 51 años.Con el corazón apretado y lleno de preocupación, llegó rápidamente hasta la casa de su madre. Pero jamás imaginó que ella lo estaría esperando sentada en su sillón de cable, con los colores de su querido Cerro Porteño, sosteniendo una reliquia que guardó durante toda su vida.
“Cuando llegué, todo apresurado, me dijo que me quería entregar mi regalo y me mostró un zapatito de cuando yo tenía apenas 8 meses. Yo sabía de ese zapatito, pero ella nunca me contó la historia de cómo lo compró. Lo tenía guardado intacto”, recordó emocionado. Aquel pequeño zapatito de cuero no era solo un recuerdo. Era el símbolo del enorme sacrificio de una madre humilde que luchó para que su hijo no fuera bautizado descalzo.
“Mamá nunca me contó cómo había podido comprar ese zapato y siempre tuve curiosidad, porque éramos de muy escasos recursos y ese zapatito era muy chusquito para esa época. Era de cuero”, relató. Entonces la mujer decidió abrir su corazón y contarle por primera vez cómo hizo para conseguir aquel regalo hace décadas atrás, en medio de la pobreza y las necesidades.
“Mi papá trabajaba en una carnicería y le traía el cebo. Ella hacía chicharrón y juntaba la grasa para vender. Mi mamá fue una señora muy sacrificada. Pasó por tantas cosas… incluso le tocó enterrar a dos de sus hijas”, recordó con tristeza. “Me dijo que yo tenía 8 meses y que me iba a bautizar. Entonces juntó toda la grasa que pudo, fue a vender a una panadería y allí le pagaron 80 guaraníes. Con esa plata se fue derechito al Mercado 4 para comprarme el zapatito”, contó con la voz quebrada.
El valor sentimental de aquella reliquia era tan grande, que ni siquiera quiso desprenderse de ella cuando nació su nieto.“Cuando mi primer hijo tenía 6 meses ella le llevó el zapato, pero no le quedaba. En ese entonces, hace 23 años, le pedí que me dejara guardar, pero me dijo que era su reliquia y que ella nomás iba a cuidarlo. Y volvió a llevar”, recordó.
Pero esta vez fue diferente. Sin que él le pidiera nada, la anciana decidió entregarle aquel tesoro que guardó durante toda su vida. Y eso fue lo que más lo golpeó emocionalmente.“Lo que ahora me preocupa es que me haya entregado así, sin que yo le pida. Me dijo que ya me lo iba a dar porque ella ya está muy vieja. Me contuve y le agradecí. No lloré, aunque tenía un nudo en la garganta. Ella está enferma y cualquier emoción fuerte le puede hacer mal”, expresó.A veces, las herencias más valiosas no son de oro ni de plata, sino esos pequeños recuerdos cargados de sacrificio, amor y la historia de una madre que dio todo por sus hijos.

