“No soñé tener una casa así” he’i ña Rufina

| Por Ariamne Roa
Ña Rufina lista en la inauguración de su casa.

POR ARIAMNE ROA

Fotos y videos: Gustavo Acuña y José Gauto

La historia de la abuela Rufina Barreto sigue emocionando a miles de personas. Detrás de su sonrisa humilde y de los limones que cargaba todos los días bajo el sol había años de sacrificio, pobreza y lucha silenciosa. A sus 81 años hoy mira emocionada la casa con la que soñó toda su vida. Crónica estuvo presente en la inauguración del nuevo hogar de “la abuela de los limones”, como ya se la conoce en las redes.

“Chemboriahu kuaa, nunca me quejé”, dijo con orgullo doña Rufina, mientras recordaba todo lo que tuvo que pasar durante décadas. “Estoy feliz. Rezaba siempre y le pedía a Dios que me diera una casa de material. Tengo 7 hijos y hace 50 años vivimos en este lugar”, contó emocionada a Crónica. La abuela aseguró que jamás imaginó que su vida cambiaría de esta manera. “Este muchacho hizo por mí lo que ninguno de mis hijos pudo. Nunca soñé con tener una casa así, pero siempre le pedí a Dios que algún día me diera una casa de material y me cumplió”, expresó entre lágrimas. “Le deseo lo mejor en la vida a Rodrigo, solo Dios le va a pagar lo que hizo por mí”, agregó. Doña Rufina recordó también los momentos más duros que vivieron en la antigua vivienda.

El padre bendijo el nuevo hogar de ña Rufina.

“Cuando llovía y hacía frío, nos metíamos bajo alguna colcha para aguantar. Una vez uno de mis hijos tuvo que atajar uno de los horcones para que el viento no lleve nuestra casa”, relató. Nunca tuvieron luz ni agua corriente y hasta las velas escaseaban. “Me acostumbré a vivir en la oscuridad. Nunca tuve miedo, tenía un garrote al costado de mi cama y así me acostaba a dormir”, contó.

A pesar de sus 81 años, jamás dejó de trabajar. “Tres kilómetros de ida y tres de vuelta caminaba todos los días vendiendo limones, naranja o mandarina. Cuando vendía todo ya volvía con la provista para la comida diaria. No era pesado para mí”, recordó. Hace apenas seis meses perdió a su esposo, con quien luchó toda la vida. “Mi marido siempre trabajó en la chacra y yo vendiendo cosas. Así criamos a nuestros hijos. A mis nietos les digo que tienen que estudiar porque yo no pude, no sé leer ni escribir”, finalizó.

Rodrigo Martinez, fue quien encontró a ña Rufina esperando colectivo y la llevó a su casa. Él comenzó con el sueño de la casa.

“PEDÍ QUE NO ECHEN MI CASITA VIEJA”

Entre paredes viejas, goteras y noches de frío, doña Rufina construyó una vida entera llena de sacrificios y amor por su familia. Hoy tiene una casa digna, pero no olvida el lugar donde lloró, luchó y también fue feliz.

“No quiero que echen la que era mi casita. Ese es el recuerdo de toda mi vida, para ver siempre de dónde salí. Heta che salvá. Bajo ese galpón crié a mis hijos ha heta che rasẽ ha avy’a avei”, dijo con la voz quebrada.

“Le pedí que mi casa tenga un corredor, eso es lo que siempre quise. También elegí el color porque el lila es mi color preferido. Avy’aiterei la che rógare”, expresó la feliz abuela.

Guido Penayo fue el encargado de preparar el menú.

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