Hay personas que dejan huellas en la vida de una comunidad. Brigilda es una de ellas. A sus 71 años mira hacia atrás y la memoria se hace llanto que entremezcla alegría, orgullo y emoción al recordar una vida entera dedicada a ayudar a los demás. Como auxiliar de enfermería y obstetricia, sus manos recibieron a más de 1.700 criaturas que llegaron al mundo en una de las zonas más alejadas del país.
Tras recibirse, dejó su natal Caraguatay y se instaló en Brítez Cué, departamento de Canindeyú. En medio de las dificultades y la falta de recursos, se convirtió en una figura indispensable para los pobladores, ganándose el cariño y el respeto de todos. Hoy es considerada la “mamá guasu” del pueblo.
Al recordar aquellos primeros días en la zona, describe un panorama que hoy parece difícil de imaginar. “Hace 35 años llegué a Brítez Cué, en un asentamiento rural. Todo era monte, no había luz, nada de nada. Muchas víboras lo que había”, empezó contando a Crónica.
La confianza que fue ganándose entre los pobladores hizo que su nombre corriera de boca en boca.“Después de un tiempo ya me buscaban de todos lados para asistir en los partos. Había días que tenía que asistir tres nacimientos”, recordó. Entre las miles de historias que vivió, hay algunas que permanecen grabadas con especial fuerza en su memoria. “El caso más particular que atendí fue el de una señora que tuvo 15 hijos. Todos nacieron conmigo. El último lo tuvo a los 41 años”, recordó.
El tiempo pasó, pero su vínculo con las familias nunca se rompió. “Todas las señoras mayores me dicen comadre en el pueblo. Muchas mujeres a quienes ayudé a nacer también ya tuvieron hijos, y a ellos también les ayudé a venir al mundo”, he’i.
A lo largo de su carrera, Brigilda asegura que siempre trabajó aferrada a la fe. “Gracias a Dios, a quien siempre me encomendaba antes de ir a trabajar, ninguna mamá ni tampoco la criatura se me complicaron”, dijo. Las familias numerosas eran comunes. “En ese entonces, la familia que menos hijos tenía era de ocho. Después, todos por docena”, comentó entre risas.

SE MULTIPLICÓ Y YA HACÍA UN POCO DE TODO
Con el paso de los años, su trabajo fue mucho más allá de asistir en partos. Ante la ausencia de profesionales de la salud, ella tuvo que desempeñar múltiples funciones para ayudar a la gente.
“Yo hacía de todo, era partera, vacunadora y hacía los primeros auxilios a quienes sufrían algún accidente. Los casos que más había eran por picadura de víbora. Yo les aplicaba el antiofídico. Como no había luz y no teníamos heladera, guardaba las vacunas en un arroyito cercano para que se mantengan refrigeradas”, contó.
UN CASO MUY FUERTE LA IMPACTÓ
Como era de esperarse, no todos los recuerdos son felices. “Un caso que me tocó mucho fue el de una señora embarazada de seis meses que llegó a mi casa para que le ayude porque su marido la golpeó. Cuando le revisé me di cuenta que el bebé ya había muerto. Le recomendé que vaya al doctor para que le saquen. Ella se fue a su casa y nunca fue al médico. Tres meses después volvió. Cuando cumplió los nueve meses entró en trabajo de parto y nació la criatura que ya estaba muerta. Ya estaba todo seco dentro de ella”, recordó.
Aunque su misión siempre fue recibir nuevas vidas, el paso de los años también le obligó a despedir a muchas de las personas que alguna vez sostuvo entre sus brazos siendo recién nacidas. “Lo más triste es que ya participé también del sepelio de muchos que yo traje al mundo. Algunos murieron de enfermedad y otros en accidentes”, finalizó.

