Cada frutilla que llega a la mesa de los paraguayos guarda una historia de sacrificio que pocos conocen. Detrás de su color intenso y su dulce sabor hay madrugadas de trabajo, meses de espera y una lucha constante contra el clima, las plagas y las incertidumbres del campo.
Adolfo René Jara, productor de la compañía Tava’i, en Pirayú, conoce esa realidad mejor que nadie. Desde hace casi 30 años apuesta a la tierra con la esperanza de que cada cosecha sea mejor que la anterior.
Aunque las condiciones climáticas muchas veces juegan en contra y las pérdidas son parte del camino, nunca baja los brazos. Para él, cada fruto representa mucho más que una venta: es el resultado del esfuerzo de toda una familia y la posibilidad de seguir viviendo de lo que más ama.
Su historia con la “fruta de la pasión” comenzó cuando apenas era un niño. “Desde los 12 años empecé a trabajar vendiendo frutillas en el Mercado de Abasto. Años después me convertí en productor”, recordó con orgullo en conversación con Crónica. Con la experiencia que le dieron los años, explicó que producir frutillas exige paciencia y un trabajo constante, además de enfrentar a un enemigo que no da tregua.
“Lleva mucho trabajo el cultivo. El clima es nuestro principal adversario; la humedad es el enemigo natural de la frutilla porque después sale el sol y eso hace que se pudra”, contó.

El productor explicó que la cosecha, que se da por lo general en el mes de julio, es el resultado de un proceso que lleva varios meses y requiere cuidados permanentes.
“La semilla ya empezamos a cultivar en los tablones desde diciembre. Después de tres meses salen los primeros plantines y ahí trasplantamos. Por el calor acá no podemos tener frutilla todo el año. Cuando más frío hace, más dulce es la fruta”, señaló.
EN FAMILIA VOI CULTIVAN
Actualmente, toda la familia trabaja unida para sacar adelante la producción y diversificar los cultivos cuando termina la temporada de frutillas. “Ahora tengo 30 mil plantines. Si la producción sale linda, puede darnos unos 600 kilos. Estamos vendiendo en la finca a 50 mil guaraníes el kilo. Toda la familia nos dedicamos al cultivo y al cuidado. Cuando termina la temporada de frutilla empezamos a cultivar repollo y melón japonés”, comentó. Gracias a los años de trabajo y a la calidad de sus frutas, Adolfo ya se ganó la confianza de revendedores y empresas que esperan cada cosecha. “Aunque a veces se pierde, no es mucho con el cultivo de frutilla. Cuando hay mucha producción empieza a caer la venta, entonces congelo la fruta y les vendo a las empresas que se dedican a la elaboración de dulces. Mucha gente de Areguá viene a comprarnos las frutas frescas para volver a vender. En esta zona somos los mayores productores de frutilla”, finalizó.

