Del dolor nació su fuerza. Hace casi tres años, Blanca perdió a su esposo y sintió que el mundo se le venía abajo. Dejó en manos de otras personas la hamburguesería que ambos habían levantado pero eso le costó caro. Cuando parecía que ya no había salida, reunió fuerzas para volver a empezar. Hoy atiende sola su negocio y, al mismo tiempo, cuida de su hijo con autismo.
“Me quedé sola con demasiadas responsabilidades. Me encargo de todo. Ahora ya no tengo empleados; hago las compras, preparo las hamburguesas, sirvo, cobro y cuido de mi hijo. Él tiene autismo, pero me ayuda a poner las sillas y otras cositas”, contó a Crónica doña Blanca.La situación de su hijo también le impide llevar una vida normal porque “cuesta mucho mi traslado. Él no se puede mover sin sus juguetes. Hace dos años no lo puedo llevar a la escuela; estaba en el Pequeño Cottolengo. Tengo la esperanza de que todo va a mejorar y poder darle lo mejor a mi hijo, que es mi prioridad”, relató.
A pesar de las dificultades, Blanca no baja los brazos. Desde hace 19 años trabaja en su casilla ubicada sobre la avenida Transchaco, frente al Portal de Loma Pytã, lugar al que nombró con un profundo significado para ella.
“En el negocio hay días buenos y otros malos, pero hay que ser constante. Mi local se llama JM Burguer, en honor a mi angelito, quien vivió ocho días en una incubadora”, recordó con tristeza.Hoy, su hijo es su compañero inseparable. “Gracias a Dios tengo una clientela formada. Todos me apoyan y me dan aliento. En el local hay un lugar donde mi hijo puede descansar. Todo el sacrificio es por mi hijo. Él es mi único compañero; nos tenemos el uno al otro”, expresó.

