De vender chipa y limpiar a ser maestro del crochet

Víctor Javier tuvo una vida jetu’u. Tuvo que empezar a trabajar de chico, haciendo de todo voi, hasta que descubrió su talento con los hilos y las agujas.

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Javier recibe pedidos de todo tipo de prendas para darles forma con los puntos de crochet.

Antes de conocer el crochet, la vida le puso más de una prueba a Víctor Javier. Este joven de 31 años, oriundo de San Juan Bautista, Misiones, empezó a trabajar cuando apenas tenía 11 años para ayudar en su casa. Fue cuidador de animales en una granja, hizo trabajos de limpieza, vendió chipa en Pedro Juan Caballero, trabajó en una cafetería e incluso tuvo que abandonar la carrera de Nutrición porque el dinero ya no alcanzaba.

Sin imaginarse, entre hilos y agujas encontró el oficio que le cambiaría la vida. Hace ocho años, una amiga le enseñó los primeros puntos de crochet y desde ese momento quedó completamente fascinado.

“Me apasionó ver cómo con un simple paquetito de hilos se podía crear una verdadera obra de arte”, recordó Javier en conversación con Crónica. Desde entonces nunca más soltó la aguja y hoy vive de lo que más ama hacer.

“Mi lugar preferido para tejer es la sombra de un mango, en el patio de mi casa. Allí paso la mayor parte del tiempo realizando cada pedido. Hago manteles, prendas de vestir, pantuflas, bordados en aopo’i y, sobre todo, los famosos amigurumis, que son peluchitos de apego para los chicos hechos con hilos antialergicos”, comentó.

Además, dijo que uno de los trabajos que más contento lo puso, por la calidad del resultado, fue uno que hizo “de la Virgen de Caacupé. Recibí decenas de pedidos desde Paraguay y también desde España, Argentina, México y Colombia de esa creación. Mi mayor éxito fue”.

Lejos de quedarse con lo que ya logró, sigue creando e innovando. Su próximo desafío apunta a conquistar también al público masculino.

“Actualmente estoy trabajando en diseños de camisillas y musculosas para hombres, para que también se puedan lucir en este verano que es bastante pesado. Ahora estoy viendo qué tipo de hilo voy a usar para que no sea muy caliente, va a se”, he’i.

Ganó respeto con su trabajo

Nunca dejó que las críticas apagaran su sueño por hacer un trabajo considerado “solo para mujeres”. “En mis inicios se burlaban de mí, ya que es un trabajo poco común para hombres, pero ahora todos me felicitan por la agilidad que tengo haciendo las prendas. Mi sueño es tener un taller y un local donde pueda exhibir todas mis creaciones”, expresó con orgullo.

Hoy, además de vivir de su talento, también transmite su pasión a quienes lo rodean. La primera en seguir sus pasos fue su sobrina, quien ya se convirtió en una gran compañera de trabajo.

“Ahora tengo una ayudante, mi sobrinita, quien hace las terminaciones. Tiene 10 años y ya gana su propio dinero. También le enseñó a la gente que quiera aprender; no soy mezquino con mi conocimiento”, dijo.

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