Vive en pleno cementerio entre tumbas y aventuras

Entre panteones, cruces y el silencio de la noche, José encontró su hogar. Desde hace nueve años vive dentro del cementerio de Guarambaré, acompañado…

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Para don José, el cementerio es el lugar más tranquilo.

Entre panteones, cruces y el silencio de la noche, José encontró su hogar. Desde hace nueve años vive dentro del cementerio de Guarambaré, acompañado de sus inseparables perros, Polar y Blanquita. Y aunque muchos aseguran que los camposantos están llenos de espíritus y ruidos extraños, él dice que jamás vio ni escuchó a un muerto que lo asuste. Eso sí, de los vivos tiene unas cuantas historias para contar. Según relata, en estos años le tocó echar a más de uno que llegó al cementerio con intenciones bastante alejadas de visitar a un ser querido.

“Nunca escuché ruidos extraños ni vi espíritus, como siempre se dice que hay en los cementerios. Lo que sí, ya le hice correr a muchos chespis, macumberos y gente que viene a usar el cementerio de reservado”, empezó contando a Crónica.El karai asegura que algunas parejitas llegan “a cualquier hora y entran para hacer sus cosas; siempre les hago correr. Les controlo y cuando veo que van a entrar en acción, tiro hacia donde están cebollón y ya corren con la ropa en mano”.

Eso sí, más allá del susto, lo mismo nomás “no aprenden porque igual vienen de nuevo. En una oportunidad, a una pareja les hice desaparecer su ropa. Ya varias veces les hice correr y no aprendían. Además, ambos tenían pareja, son conocidos de la zona”.

Pero hubo una ocasión que, según cuenta entre risas, terminó siendo casi una escena de película. “No era la primera vez que la parejita que no quiere pagar un motel usaba el panteón para tener relaciones. No sé por qué dejaron su ropa afuera. Era de siesta y a esa hora nadie va de visita al cementerio. Aproveché y llevé de ellos su ropa, me quedé mirando de lejos”, comenzó contando la anécdota.

“Cuando ya hicieron toda su macanada, salieron a buscar para vestirse y aproveché para acercarme como si nada. Ahí me habla el señor y me dice que gua’u les asaltaron y que les dejaron desnudos y encerrados en el panteón. Me pidieron, por favor, si tenía algo para que se puedan poner y les dije que sí y les llevé mi ropa”, recordó entre risas.

“MACUMBEROS” NO FALTAN DOS DÍAS “FIJOS” HE’I

Para José, el cementerio es un lugar bastante tranquilo. Sin embargo, hay días y horarios en los que asegura que aparecen personas para realizar rituales. “El lugar es muy tranquilo, incluso en días de tormentas. Salgo a sentarme en el corredor que tiene la casa, mirando hacia los panteones y nunca vi nada extraño. Pero sí los martes y viernes, antes de que entre el sol, vienen los macumberos a hacer sus ‘trabajitos’. Cuando les pillo, con escopeta les hago correr. Lo que más dejan acá son ropas íntimas de mujer”, contó.

Entre sus recuerdos hay uno que, según afirma, todavía tiene muy presente. “En una oportunidad vi a una bruja frente a la cruz mayor. La estuve controlando y vi cuando empezó a atar entre sí la ropa interior de un hombre y una mujer. Empezó a prender velas y luego sacrificó un gallo rojo y su sangre derramó por la ropa interior que estaba atada y empezó a bailar. Ahí tiré un tiro al aire de mi escopeta y corrió”.

Fotos, whisky, ropa interior y animales son las cosas que más encuentra comentó.

¿Y los muertos? Ni ahí molestan

Curiosamente, a pesar de vivir rodeado de tumbas durante casi una década, José asegura que nunca tuvo una experiencia paranormal y recuerda la conversación bastante particular que tuvo con un karai. “Un brujo que vino en una oportunidad me dijo que yo no veo nada porque los que ahí descansan me cuidan, porque están contentos porque espanto a la gente que viene a profanar el lugar, haciendo cosas que no se debe hacer en un cementerio y que a los que vengan con intención de hacerme algo, los que acá están les van a asustar”, relató.

BLANQUITA Y POLAR NO LO DEJAN SOLO

En medio de tanta historia, don José tiene dos fieles compañeros que nunca se despegan de él: Polar y Blanquita. “Mis perros no me dejan. Ellos se colocan en la puerta de la casa y cuando salgo a revisar todo, ellos me siguen. Algunas veces Polar suele aullar, creo que él ve algo o alguien que ya no está vivo, pero yo nunca vi nada. Antes tenía una tele por lo menos para mirar y se descompuso; esa era mi única diversión”, finalizó.

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