Entre tumbas, panteones y el silencio propio del cementerio, hay un guardián que ya es parte del paisaje de la Recoleta. Se llama Vaicho, un firu que hace unos seis años apareció por el lugar y, como si hubiera encontrado su casa, decidió quedarse. Nadie sabe de dónde vino ni quién lo dejó, pero desde entonces no abandonó a sus nuevos humanos. Duerme entre las tumbas, recorre los pasillos y acompaña a los trabajadores que, con el paso de los años, terminaron adoptándolo como uno más de la familia.
Eso sí, su particular aspecto a veces provoca más de un susto entre quienes llegan de visita. Algunos, incluso, aseguran que tiene cierto parecido con un luisón.
“Lo llevamos a la veterinaria, no le faltan sus vacunas y menos comida. Entre todos colaboramos para que no le falte nada. También tenemos michis que son nuestros compañeros; cuando llegamos a la mañana, ellos nos reciben”, contó don Felipe, quien lleva 50 años trabajando en el cementerio.

Pero Vaicho no solo se ganó el cariño de los trabajadores. También protagoniza alguna que otra escena digna de película de terror. “A la gente le asusta nuestro perro, dicen que le parece a un luisón. El otro día una señora se asustó muy grande y gritó. Pensamos que la habían asaltado y fuimos entre todos a ver. Había sido que Vaicho estaba durmiendo en un panteón cerca de donde ella estaba. De repente salió del panteón y le asustó a la señora. Ahí le dijimos que era nuestro perro”.

Y es que, en la Recoleta, uno nunca sabe qué puede aparecer entre los panteones. “La gente le tiene miedo. No sabemos cuántos años tiene porque ya llegó así, viejito. También los gatos les asustan a los visitantes cuando salen de la nada de los panteones. Cuando vemos a gente extraña que viene a visitar a su familiar, ya le avisamos de la presencia de Vaicho y los gatos para que no se asuste”, contó

