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De tener solo G. 18.000 en el bolsillo a crear una empresa con más de 40 trabajadores

Lo que hoy parece una historia de éxito comenzó hace 9 años con deudas, miedo y apenas G. 18.000 en el bolsillo. Hugo tenía 27 años, varios emprendim…

| Por Ariamne Roa
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| Por Ariamne Roa
Hugo empezó a endulzar su futuro en la cocina de su mamá.

Lo que hoy parece una historia de éxito comenzó hace 9 años con deudas, miedo y apenas G. 18.000 en el bolsillo. Hugo tenía 27 años, varios emprendimientos fallidos a cuestas y muchas dudas sobre sí mismo. Pero una idea que le nació mientras viajaba en colectivo terminó convirtiéndose en el negocio que cambiaría su vida y la de su familia. Hugo siempre recuerda sus inicios en la cocina de su mamá en donde nació Nutri FitnessPy.

En aquel momento, las cosas no estaban nada fáciles. Sus deudas ya superaban su sueldo fijo y económicamente se encontraba en una situación complicada. Había intentado emprender varias veces. Fue técnico en computadoras, intentó traer productos desde Estados Unidos y también probó con asesorías relacionadas al mundo del fitness. Nada funcionó. “Tenía una lista interesante de fracasos en el emprendimiento”, cuenta a Crónica entre risas.

Con el tiempo, llegó a pensar que el éxito estaba reservado solo para algunos. “Yo pensaba que la gente a la que le salía bien en el emprendimiento era gente que a lo mejor era hijo de una familia millonaria, porque yo era de familia humilde. por eso no me salía nada”, recuerda. Años después de tantos intentos de tener un “extra” la necesidad volvió a hacerle ruido en la cabeza.

Un día, mientras viajaba en colectivo y pasaba frente a un supermercado, tuvo una idea que parecía sencilla, “hacer mantequilla de maní”. “Estaba muy metido en el mundo del fitness y había notado que este producto era muy consumido, pero que en Paraguay las opciones eran pocas, los envases pequeños y muchas presentaciones eran caras”. Entonces decidió probar. “Utilicé esos 18.000 guaraníes para comprar una bolsa de maní y me fui a mi casa a experimentar”, Contó.

“Me quedé sin plata y le tuve que pedirle al chofer si me podía hacer pasar no más”, cuenta. Esa misma madrugada comenzó a trabajar en la cocina de su casa, para envasar el producto utilizó lo que tenía a mano, frascos de café, de dulce y otros potes que había en la casa de su mamá. Al día siguiente preparó 12 potes y se fue hasta un gimnasio, vendió seis, los otros seis los regaló.

Y de esos primeros potes llegaron sus primeros 36 pedidos

“Mí primera venta me hizo sentir que encontré al fin algo que sé hacer bien”, recuerda. Desde ahí comenzó una etapa de sacrificio que duraría años. Durante el día mantenía su trabajo como asalariado, seguía entrenando y, por las noches y madrugadas, preparaba la mantequilla de maní. Los fines de semana se convertía en repartidor y entregaba personalmente sus productos. Durante aproximadamente cuatro años, Hugo hizo sus propios repartos. “No fue nada de que un año para el otro crecí muchísimo. Fue de a poquito”, explica.

Primero llegó la ayuda de una persona para la producción. Después pudo comprar un vehículo usado para repartir. Y poco a poco el pequeño emprendimiento familiar comenzó a crecer.

De apoco el emprendimiento fue creciendo

En 2020 eran apenas cuatro personas, Hugo, su esposa y dos trabajadores. Hoy, la realidad es completamente diferente, la empresa cuenta con más de 40 trabajadores, una fábrica en Ñemby, un showroom en el barrio donde comenzó todo y una flota de 15 vehículos que salen diariamente a repartir sus productos.

La producción también creció de manera impresionante, actualmente elaboran alrededor de 1.000 a 1.500 potes de mantequilla de maní por día y realizan aproximadamente 400 a 450 entregas diarias. Este año, además, sus productos comenzaron a llegar a grandes cadenas y supermercados, pero detrás de todos esos números hay una historia que Hugo todavía mira con asombro. “A veces me cuesta creer lo que logré”, expresó.

Durante años sintió que todo avanzaba demasiado lento. Recuerda que hace unos años atrás no tenía casa propia, ni auto ni siquiera podía acceder fácilmente a un préstamo bancario.“En el proceso todo parece muy lento, porque es mucho sacrificio para algo que nadie te asegura que va a pasar en el futuro”, dijo.

Sin embargo, hoy siente que cada madrugada sin dormir, cada entrega y cada dificultad tuvieron sentido.“Al día de hoy miro atrás y siempre pienso que todo el sacrificio valió la pena”.Hugo tampoco olvida sus inseguridades. No fue a la universidad y tampoco terminó de obtener sus documentos de que terminó la secundaria, cosa que durante mucho tiempo eso afectó su autoestima. Se decía a sí mismo: “Vos no tenés estudios, vos no sabés vender, vos no tenés habilidades sociales, vos sos introvertido”, he’i

Pero aprendió por su cuenta. Internet se convirtió en una de sus principales herramientas para aprender sobre ventas, publicidad y marketing. Y también aprendió algo fundamental: el miedo no desaparece. “El miedo nunca va a dejar de estar presente. Tomar acción a pesar del miedo”, es el consejo que hoy les da a quienes todavía no se animan a emprender. Después de casi una década, Hugo también entendió que el fracaso no es el final. “El fracaso no es opcional, es parte del proceso que todos tenemos que vivir para lograr crecer en el emprendimiento”, finalizó

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