Los tiempos cambian y hasta los vendedores ambulantes tuvieron que adaptarse. Aquella vieja costumbre de llevar los billetes entre los dedos mientras se recorrían las calles quedó atrás. Hoy día el celular se convirtió en una herramienta fundamental de trabajo para todos.
“No importa, patrona, si no tenés plata, acepto transferencia”, dice con naturalidad Isaac, un vendedor de chipa que lleva 15 años ganándose la vida en las calles. Para él, adaptarse a la era digital no fue una elección, sino una necesidad para seguir llevando el pan a su casa.
“Tenemos que adaptarnos, es la única forma de vender. La gente ya no tiene efectivo, todo es transferencia. Hasta los que venden chicle aceptan transferencia ahora. Si no nos actualizamos, ya no comemos.
Es riesgoso y se pierde un poco de tiempo, pero no hay de otra. Hay veces que no llega la transferencia, pero nos arriesgamos”, contó a Crónica.
Isaac tiene 29 años, pero trabaja desde que tenía apenas 14. Su jornada comienza cuando la mayoría todavía duerme y termina muchas horas después. “No conozco de cansancio. Me levanto a las 3 y media de la mañana y llego a mi casa a eso de las 9 de la noche. No me quejo, tengo una vida tranquila y a mi familia no le falta nada. Es lo único que me importa, por ellos doy todo,”, cuenta.
Cada mañana retira unas 130 chipas y por la tarde otras 220, entre chipa, pan quesu y chipa so’o. Su meta es vender todo. Algunos días lo consigue, otros no, pero nada se desperdicia: lo que sobra termina en la mesa de sus familiares.
La abuela le enseñó a no bajar los brazos
“Prácticamente no tengo padres. Mi abuela me crió desde los 42 días y ella siempre me inculcó el trabajo y la responsabilidad. No trabaja el que no quiere, trabajo no falta”, expresó.
Esa enseñanza quedó grabada en él. Hoy, con su canasta de chipa como herramienta de trabajo, intenta transmitir el mismo ejemplo a su propia familia. Vender en la calle no es fácil. Hay días buenos y días difíciles, largas caminatas, calor, cansancio y hasta el riesgo de confiar en una transferencia que puede tardar en llegar.
“Es muy sacrificado trabajar en la calle, uno pasa muchas cosas, pero la satisfacción es llegar a casa y ver bien a tu familia, que estén bajo un techo y no les falte nada que comer”, dijo.
Detrás de cada chipa que vende hay madrugadas, sacrificio y una historia de vida. Y mientras el mundo cambia y el efectivo queda cada vez más atrás, Isaac sigue saliendo a la calle con la misma meta de siempre trabajar para que a su familia no le falte nada.

