A los 25 años, cuando la vida parecía sonreírle y tenía toda una historia por delante, Dahianne Riva recibió una noticia que le sacudió el mundo: tenía cáncer en el sistema linfático y estaba en estadio 3. Lo que vino después fue una verdadera batalla, marcada por el miedo, las lágrimas, la fe y, finalmente, un diagnóstico que para ella solo puede tener un nombre: milagro.
“Yo era una persona súper activa. Entrenaba, estaba en el último año de mi carrera, trabajaba y llevaba una vida normal”, Empieza contando Dahianne a Crónica al recordar cómo comenzó todo en 2023. De a poco aparecieron señales que no podía explicar: mucho cansancio, fiebre y una anemia que no tenía razón aparente.
Buscando respuestas, viajó desde Ciudad del Este hasta Asunción para realizarse varios estudios. Fue entonces cuando apareció un ganglio en el cuello. La biopsia terminó confirmando aquello que nadie quiere escuchar: cáncer. “Cuando te dicen ‘tenés cáncer’, lo primero que te preguntás es: ‘¿Por qué a mí? ¿Qué hice en la vida?’. Uno entra en un trance, como si estuviera flotando”, contó.
El diagnóstico fue devastador. Tenía un cáncer maligno del sistema linfático en estadio 3, muy avanzado. Su familia quedó destrozada y, entre lágrimas, sus padres, su hermana y ella se aferraron a la oración. “Nos sentimos completamente desorientados. No sabíamos hacia dónde disparar después de recibir un diagnóstico tan fuerte”, recordó.
Como en Paraguay no encontraban las respuestas ni le dieron esperanzas, su familia tomó una decisión: buscar otra opinión en Brasil. Así llegó hasta el Hospital Sirio-Libanés, en São Paulo, acompañada por su mamá. Allí prácticamente empezaron de cero. “Me hicieron 387 estudios. Yo llevé todo lo que tenía de Paraguay y me dijeron: ‘Tenemos que hacerlo todo de nuevo’”, dijo.
Después de los estudios llegó el tratamiento, tuvo que someterse a una de las quimioterapias más invasivas y recibió el medicamento mediante un catéter colocado directamente en el corazón. Pero, contra todo pronóstico, su cuerpo comenzó a responder de una manera que sorprendió hasta a los médicos.
Su especialista decidió adelantarle un PET scan, un estudio utilizado para buscar actividad cancerígena en el organismo. Dahianne volvió al consultorio al día siguiente para conocer los resultados. Lo que pasó allí todavía lo recuerda con lágrimas. “Mi médico se quedó con los ojos fuera de las órbita. Me dijo: ‘Venció’. Y después me mostró la computadora. Ahí decía: ‘Remisión completa’”.
Estaba junto a su mamá. “Nos desplomamos en el consultorio. Nos pusimos a llorar”, contó emocionada. Pero todavía faltaba escuchar algo que marcaría para siempre su historia. El médico, con décadas de experiencia, le dijo: “En mis 45 años como médico en el Sirio-Libanés, nunca vi esto”. Aunque el cáncer ya había desaparecido, tuvo que completar los seis ciclos de quimioterapia establecidos por el protocolo.

El tratamiento fue duro y dejó también otra incertidumbre: la posibilidad de no poder ser mamá. “Mi prioridad era luchar contra la muerte y vivir. El tema de la maternidad lo veía muy lejano, casi nulo”, confesó. No había tiempo para congelar sus óvulos porque el cáncer estaba demasiado avanzado y el tratamiento debía comenzar cuanto antes.El sueño de ser mamá quedó guardado en un rincón del corazón.
Hasta que, dos años después, comenzó a sentir nuevamente cansancio y dolores parecidos a los que había tenido cuando apareció el cáncer. Pensó lo peor. “Yo sentía que era lo mismo, que el cáncer había vuelto. Jamás me imaginé la alegría de que era una vida la que se estaba creando”.
Fue al consultorio de su ginecóloga, quien conocía perfectamente toda su historia. La profesional la revisó y quedó sorprendida. “¡Pero acá tenés un bebé! ¡De casi cuatro meses!”, le dijo.No podía creerlo. “¡Otro milagro!”, fue lo primero que sintió.
Corrió a su casa y le contó la noticia a su marido. Los dos lloraron juntos, esta vez de felicidad. “Solamente puede ser una obra y un milagro de Dios”, afirmó.
Hoy, aquella mujer que un día tuvo que escuchar que tenía cáncer y que se enfrentó a uno de los momentos más difíciles de su vida, lleva en su vientre a la hija que alguna vez creyó que jamás podría tener. Y ya tiene nombre: Victoria de Jesús. “Ella representa la victoria en esta vida. Ella fue la esperanza, ella es la promesa. Por eso se va a llamar Victoria de Jesús”, explicó.

Hoy, mientras espera conocer el rostro de su pequeña Victoria de Jesús, Dahianne mira hacia atrás y recuerda aquella joven de 25 años que recibió un diagnóstico que parecía cambiarlo todo. La enfermedad quiso escribir el final de su historia. Pero la vida tenía otro capítulo preparado. “Victoria es la esperanza. Es la promesa. Es mi milagro de vida”. Y ahora, dentro de su pancita, crece la prueba más hermosa de que, después de tanta lucha, también pueden llegar los milagros.

