¡Feroz dolor por la partida de un ángel de cuatro patas! Una familia llora a su compañero fiel. Alejandro Román y su mamá María Navarro, de Fernando de la Mora, despidieron con lágrimas a “Outa”, el “hijo mimado” de la familia que le habían diagnosticado leishmaniasis y no pudieron salvarlo.
El jagua’i, bautizado Octaviano Román, era considerado un verdadero hermano e hijo en el hogar. “Fueron 12 largos años de puro amor, mimos y lealtad incondicional que se apagaron el pasado 24 de setiembre. Yo le llevé entre mis brazos a la veterinaria y lastimosamente le traje sin vida”, omombe’u el joven Alejandro a Crónica.
El noble animalito batallaba como un guerrero contra la mencionada enfermedad desde hacía más de tres años. Su cuadro empeoró al brotarle un tumor que debía ser extirpado de urgencia para salvarle la vida. Desesperado, el muchacho ofreció su laburo de albañil y carpintero en redes para pagar la costosa cirugía.
“La intervención costaba unos 600 mil guaraníes, sin contar los medicamentos que salían un ojo de la cara. Muchos quisieron ayudar y compartieron la publicación y ofrecimiento que hice pero lastimosamente ya no pudo aguantar Outa”, expresó con mucha pena el joven Alejandro.
Contó que “se siente un silencio horrible al abrir la puerta y que él no esté ahí para recibirnos. Siempre nos hacía fiesta cuando llegábamos a la casa. Nosotros lo queríamos mucho, inclusive sus cumpleaños lo festejábamos con todo. Nosotros lo habíamos adoptado de cachorrito”.

Una mala experiencia en Veterinaria UNA
La familia lamentó que en la facultad de Veterinaria UNA no quisieran operarlo por tener leishmaniasis y ser viejito. “Nos dijeron prácticamente que la única opción era la eutanasia y eso nos rompió el alma”, relató dolido. Tuvieron que recurrir a una clínica privada bajo alto riesgo, pero el peludo no aguantó la operación.
Un vacío en el hogar
Alejandro omombe’u que en la casa el vacío que quedó es gigante: “Ahora tenemos que desarmar la casita de madera que le hizo mi papá. Él le tenía mucho miedo a los truenos y se refugiaba en su rincón especial dentro del tinglado familiar. Todos extrañamos sus carreras en el patio de 42 metros que teníamos y además espantaba a todos los gatos del vecino”.

