La fiesta del fútbol volvió a quedar manchada por la violencia. Tal vez no con las mismas consecuencias del de la segunda rueda del Apertura, pero ahí nomás estuvo. Tras la derrota de Cerro Porteño por 2-0 ante Olimpia, el cierre del superclásico se convirtió en un escándalo, cuando integrantes de la barra azulgrana ingresaron al campo de juego y fueron en busca de los futbolistas franjeados. La escena fue de terror: los jugadores visitantes tuvieron que correr hacia los pasillos que conducen a los vestuarios para ponerse a salvo, mientras los efectivos policiales intervenían para frenar el avance de los violentos.
Los cascos azules reaccionaron rápidamente y evitaron que los hinchas alcanzaran a los integrantes del plantel decano. Lo que debía ser una jornada de pasión, rivalidad y espectáculo terminó con imágenes lamentables que recorrieron las redes y dejaron otra mancha más en nuestro fútbol.
La derrota deportiva no puede ser excusa para semejante descontrol. ¿Hasta cuándo los violentos seguirán adueñándose de los estadios y poniendo en riesgo la integridad de jugadores, trabajadores y espectadores? Esta vez no llegaron a suspender el partido, pero estuvieron a punto y una vez más el clásico fue la violencia que mostraron los que no tienen camiseta, los que no son hinchas y perjudicaron a su propio equipo en algún momento. ¿Quienes lo sufren? Las familias, una vez más.






